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Por desánimo y apatía, hoy los electores
son impermeables a las propuestas y los debates
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Adrían Ortíz Romero Cuevas
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Si algo parece relevante del tercer debate entre candidatos presidenciales —más allá de las pingües y ambiguas propuestas y argumentos esgrimidos por los participantes—, realizado y transmitido anoche en cadena nacional de televisión, es que a estas alturas el elector promedio ya es impermeable a cualquier tipo de propuesta o argumento que intente cambiar la opinión o tendencia del voto. Pareciera que nada de lo que dijeron los aspirantes podrá cambiar el resultado electoral. Nada, a pesar de que el espectáculo fue deplorable, rampante, ordinario y nada constructivo para la mejor democracia y el mejor gobierno al que todos se supone que aspiramos.

En efecto, la noche de ayer se llevó a cabo el tercer y último debate entre candidatos presidenciales, que organiza el Instituto Nacional Electoral. Los temas a discutir fueron crecimiento económico, pobreza y desigualdad; educación, ciencia y tecnología; y salud, desarrollo sustentable y cambio climático. En dicho encuentro no hubo sorpresas mayores: como en los anteriores, los aspirantes presidenciales ofrecieron pocas propuestas, muy pocas cifras, y una ausencia casi total de argumentos concretos para abordar cualquiera de los tres ejes planteados para la discusión.

Acaso, lo más relevante no fueron las acusaciones de Ricardo Anaya contra Andrés Manuel López Obrador, o los desmentidos de José Antonio Meade sobre los números que ofrecían sus adversarios, al apelar a su experiencia en la administración pública y particularmente por su paso en dos ocasiones por la titularidad de la Secretaría de Hacienda. Fuera de eso, y para sorpresa —y desilusión— de los mexicanos, lo más relevante fue exactamente lo que no ocurrió: que, para bien o para mal, el desempeño de cualquiera de los aspirantes presidenciales lograra cimbrar al electorado, y que eso fuera un factor para una variación en las tendencias electorales.
En esa lógica, y como antecedente de contexto, vale la pena considerar el hecho de que en ningún momento de la presente campaña presidencial —desde su inicio, en las precampañas de noviembre pasado— se han movido las tendencias electorales. Pareciera, pues, que tanto los debates como las campañas proselitistas y las actividades de todos los candidatos, no han servido sino para consolidar una tendencia que hoy pareciera que podría ser la misma independientemente de que hubieran existido o no los periodos de proselitismo electoral.

Esto es patético porque justamente la contienda electoral está hecha para el contraste de ideas —y la toma de decisiones, a partir de ello—, y no para las tendencias inerciales determinadas por un electorado que parece haber decidido anticipadamente y con independencia del desempeño de los candidatos. Anoche, esto fue lo que más quedó claro. ¿De qué hablamos?

CANDIDATOS VACÍOS Y ELECTORES IMPERTURBABLES

De que, en esencia, ya no parece haber forma —y parece que en toda la campaña no la hubo— de cambiar la tendencia del voto. Andrés Manuel López Obrador, desde el inicio, se mantuvo en un cómodo primer lugar en las preferencias electorales, que no se ha movido a pesar de la nulidad que ha sido como candidato.

En esa lógica, vale la pena explicarse: durante toda la campaña —y a pesar de los 12 años que lleva como candidato continuo— López Obrador no ha sido un abanderado presidencial capaz de articular propuestas viables y posibles, sino que ha sido un político manteniendo una inercia favorable a través de la alimentación al público con lugares comunes, arengas, proclamas y ambigüedades, que a cualquier elector crítico y razonable le parecerían impropias de alguien con tanta popularidad y respaldo ciudadano como el que tiene Andrés Manuel.

Ahora bien, en su propio contexto Ricardo Anaya Cortés es también producto de la apatía ciudadana. Luego de todos los escándalos de corrupción en que se le ha involucrado, y ante la existencia de pruebas concretas que demuestran su poca capacidad de sostener su honestidad, cualquier otro candidato presidencial, en cualquier otra democracia más o menos conformada como la nuestra, no habría tenido cómo sostenerse.

Anaya lo ha logrado no porque sea inocente o porque lo respalde un sector importante de la población, e incluso tampoco gracias a las sólidas militancias panista y perredista que se supone que lo avalan. En realidad, Anaya se ha sostenido como candidato presidencial gracias justamente a que a la mayoría de los electores le resulta intrascendente o poco atractivo exigirle la renuncia a su candidatura presidencial. Por eso, el Anaya actual es también producto de la indolencia ciudadana, y no de su capacidad para denunciar la persecución del gobierno federal o la malversación de recursos públicos en su contra.

Algo similar le ocurre a José Antonio Meade. No ha sido mal candidato; todos reconocen que es cualquier otra cosa, menos un improvisado, y aún así no ha sido capaz de crecer electoralmente. ¿La razón? Que a la ciudadanía no le interesa escucharlo ni respaldarlo, simplemente porque es el candidato postulado por el Partido Revolucionario Institucional y la alianza que siempre los ha acompañado. A pesar de todo, Meade parece ser un candidato intrascendente de origen porque la ciudadanía no tiene ganas ni siquiera de conocer qué propone ni cómo podría enfrentar algunos de los problemas nacionales. De nuevo, pareciera que su agonía como candidato es resultado de una decisión anticipada de los ciudadanos, a quienes no les interesa ninguna propuesta ni tampoco los perfiles personales, porque todo fue decidido anticipadamente, y porque parece que no existe —nunca exisitó en esta campaña— la posibilidad de una idea que generara una conexión o sinergia positiva entre el elector y el ciudadano.

Al final, también Jaime Rodríguez Calderón, el Bronco, es resultado de eso mismo. A pesar de ondear la bandera de una candidatura presidencial independiente —algo que se antojaba imposible hace apenas pocos años— y de ser un candidato dicharachero y ocurrente, a muchos electores parece justamente no gustarles —y por eso su resistencia y/o negativa a manifestar cualquier tipo de apoyo al neoleonés— que Rodríguez Calderón no tenga partido. No le han cobrado sus ocurrencias, ni sus propuestas disparatadas como la de cortarle las manos a los corruptos. Incluso, tampoco le han cobrado la incongruencia de dejar tirado un gobierno estatal para ir tras otro cargo. Al Bronco le cobraron en general, la osadía de salirse del sistema. Y eso es lo que lo tendrá hasta el final en el sótano de las encuestas.

IMPERMEABLES

¿Esto qué demuestra? Que hay electores impermeables. Que a esos electores no les interesan las propuestas ni el desempeño de los candidatos. Que, en la generalidad, hay una decisión anticipadamente tomada. Y que ese podría ser el destino manifiesto de una nación que, en estos días, se estará jugando mucho más que la elección de su próximo Presidente.

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