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México: ajustando el rumbo
Cuarta Plana
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Samael Hernández Ruiz
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El 1º de julio de 2018 se llevaron a cabo elecciones en las que se disputaron los cargo de presidente de la república, senadores, diputados federales y en algunos estados las elecciones incluyeron los de gobernadores, cabildos municipales y diputaciones locales. Fue una elección importante por el número de cargos disputados pero sobre todo, por las expectativas que se pusieron en juego.

Para algunos, sus intereses económicos se ponían bajo amenaza; para otros, la continuidad en el poder o el debilitamiento de su bloque aliado, para muchos la esperanza de un cambio que les permitiera el alivio a su dolor, ya insoportable. No obstante en la realidad, dichas expectativas se combinaban y hacían difícil ubicar e identificar a sus portadores individuales y colectivos.

Lo que resulta evidente e indiscutible es el triunfo del candidato del Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA) y de la coalición “Juntos haremos historia”, Andrés Manuel López Obrador. Hasta donde la información disponible lo indica, López Obrador ganó con el 53.19% de los votos emitidos, es decir 30 millones 113 mil 483 votos. Los otros candidatos como Ricardo Anaya (12.6 millones), José Antonio Mead (9.2 millones) y Jaime Rodríguez Calderón (2.9 millones) se mantuvieron muy lejos del primer lugar. Fue un triunfo apabullante.

Convendría establecer la magnitud relativa de la votación a favor de Andrés Manuel López Obrador. El total de la población estimada en México en 2018, es de 128.5 millones de habitantes. El padrón electoral lo constituye el 69.9% de esa población, es decir, aquellos mayores de 17 años. Quienes conforman el listado nominal, esto es, aquellos que cuentan con credencial para votar, son el 99.4% del padrón electoral. Lo anterior significa que en México la mayoría de quienes están en edad de votar cuentan con credencial para hacerlo; esto no sólo tiene que ver con la conciencia cívica, sino con el hecho de que la credencial para votar, es al mismo tiempo la credencial de identificación para casi todos los trámites oficiales.

Quienes sufragaron el 1º de julio de 2018 sumaron un total aproximado de 56,614,934 votos, esto significa que votó el 44% de la población total, y el 62.9% del padrón electoral y el 63.3% del listado nominal.

Establecidas las cifras, quienes eligieron al próximo presidente de México fueron el 23.4% de todos los mexicanos, el 33.7% de quienes tienen credencial y el 53.19% de quienes emitieron su voto. Este recuento relativo muestra lo importante que es salir a votar; pero también muestra las limitaciones de la democracia mexicana.

Si todos los mexicanos en edad de votar lo hubieran hecho por Andrés Manuel López Obrador o cualquier otro candidato, al futuro presidente lo hubiese elegido el 69.9% de la población. Pero ni votaron todos, ni todos los que votaron lo hicieron por AMLO. La conclusión llama a una primera reflexión. Menos de la cuarta parte de la población eligió al futuro presidente de la república y fue electo por una tercera parte de quienes aparecen en el listado nominal. Esto habla de un fenómeno importante: el sistema electoral mexicano orienta los votos de la ciudadanía de una manera peculiar y su concepto de “mayoría” es bastante discutible.

El concepto de mayoría designa al resultado que produce la concentración de un número de votos en relación con el total de votos emitidos. Un ejemplo simple es que, como se sabe, 50% se puede indicar de muchas maneras: 1/2, 4/8, 500/1000 o 679,000/1,358,000; pero es claro que no es lo mismo ganar por 679,000 votos que por 4; no obstante en el sistema electoral mexicano es lo mismo, siempre y cuando el denominador de la fracción así lo determine. Sobre esto se ha discutido bastante, pero sin ningún efecto práctico. Quizás habría que pensar en un sistema electoral con una segunda vuelta como en otros países.

En cuanto a la “orientación” del voto ciudadano, el tema es un poco más complejo y tiene que ver en parte con la manera en como se configura la oferta electoral. Se sabe que los partidos políticos son los que hacen la oferta electoral y dicha oferta tiene al parecer, algunos componentes identificables: el partido, el candidato (a) y el cargo.

El partido es reconocible por su plataforma política, que representa su visión de nación, los instrumentos y políticas de los cuales se valdrá para hacer realidad sus aspiraciones, su forma de organización y vida interna, ya que con ello garantiza un tipo de vinculación con sus militantes, simpatizantes y el resto de la población. En México, estos elementos se han desdibujado y los partidos casi no se diferencian por esos elementos de identidad política. La mayoría de los partidos guarda una similitud que permite el fácil tránsito de los políticos de uno a otro sin ninguna consecuencia.

Los candidatos son personajes con ciertas características destacables. En primer lugar no tienen necesidad de vincularse con una determinada plataforma política porque los partidos la han perdido o la mantienen con muy pocas diferencias en relación con los adversarios, es decir tienen una plataforma que se reduce a una mera formalidad para el registro. Los candidatos al no estar vinculados a una plataforma partidista, no requieren de convicciones ni ética política; su discurso y mercadotecnia son lo que hace las veces de plataforma y la mayor o menor credibilidad de su propaganda, puede atraer o no el voto ciudadano.

En otras palabras, el sistema electoral mexicano, al no considerar como sustantivas las plataformas electorales y permitir coaliciones, y otras formas extrañas de alianza, induce a un voto que podríamos denominar ad hominem, de manera que al electorado sólo le queda elegir con criterios morales al menos malo, o al más creíble.

El otro elemento destacable es la organización interna y las normas que regulan el estilo de vida de un partido. En los últimos años hemos visto cómo los militantes de los partidos políticos más importantes prácticamente han destruido su organización e inutilizado sus normas de vida interna, el PRD y el PAN sufrieron el efecto de las luchas intestinas que desgarraron su estructura organizativa, primero perdieron su plataforma y principios políticos y al final perdieron o están perdiendo, su estructura organizativa es decir, están perdiendo su identidad política. El PRI fue el último de los partidos en dar muestras de esta crisis de identidad, cuando por encima de principios establecidos y del propio sentido común, se modificaron las reglas de vida interna para permitir que un personaje ajeno al PRI como el Dr. José Antonio Meade, fuera el candidato a la presidencia de la república. Meade es un hombre preparado y de gran experiencia, pero las condiciones de su postulación lo hicieron sumamente vulnerable.

Las candidaturas para otros cargos sufrió el mismo sesgo: los candidatos no fueron nominados de acuerdo con la estructura organizativa y las reglas de vida interna tradicional o legalmente aceptadas; en muchos casos fueron nominaciones determinadas por arreglos políticos o la monetarización de las postulaciones.

Quizás MORENA fue quien conservó más elementos de identidad política y menos elementos utilizables como argumentos ad hominem en contra de sus candidatos. De esto último habrá que ocuparse en otra ocasión con algún detalle, porque en algunos lugares, la figura de Andrés Manuel López Obrador y su solicitud explícita del voto, salvó a mas de un candidato deplorable.

Esta brevísima descripción, sirva para que el lector tenga una fotografía de aquello que al principio llamé “configuración de la oferta electoral” y que es una imagen fija de lo que el electorado tuvo a la vista el 1º de julio. Pero ¿cómo llegó a adquirir esa configuración la oferta electoral mexicana en 2018?.

En mi opinión dicha configuración fue gestándose desde 1976 y uno de sus rasgos destacables fue la eliminación de la izquierda comunista del sistema electoral. Si algo de la izquierda permanece en el actual sistema de partidos, su presencia es sólo nominal.

Así como en la física los monopolos magnéticos son algo raro, en la política también lo son, el sistema electoral requiere de dos polos que permitan apreciar una gradación política en una y otra dirección del espectro político. En el caso de México, la derecha perdió algo de sentido ante la ausencia de una izquierda comunista, que fue sustituida por una izquierda nominal cuyo origen hay que rastrear en el llamado eurocomunismo (1970-1977), que gradualmente fue desechando todas las políticas anti-capitalistas que caracterizaban a la izquierda radical. En realidad la “nueva izquierda”, que en México representaba, primero el Partido Socialista Unificado de México (PSUM), Partido Mexicano Socialista (PMS) y después el PRD, terminó siendo un referente para ajustar un espectro político que responde mejor al discurso político neoliberal. En México no hubo pensamiento único, sino realidad política neoliberal única, cuya expresión política fue la gradual pérdida de identidad del centro, la derecha y la izquierda, a favor de un sistema de capilaridad electoral , sistema donde los receptores fueron los partidos mercantilizados; es decir, un sistema electoral donde las vías de acceso las postulaciones no filtran o impulsan candidaturas por principios y elementos de identidad política diferenciada; sino por componendas que favorecen suma de votantes, discursos moralizantes para repeler los argumentos ad hominem o simplemente la compra de voluntades aprovechando la pobreza de la ciudadanía.

En el marco de lo anterior, MORENA fue contra sistémica en tanto que supo diferenciarse en la capilaridad del sistema electoral mexicano y es probable que se constituya en el referente a partir del cual se definirá una nueva gradación política formal del sistema electoral, que mantendrá su vacuidad sustantiva. Todo lo anterior refiere a la forma de reproducción del poder en México que, desde luego, no determina totalmente el derrotero económico del país y en ello radica la oportunidad de cambio, la posibilidad de que México ajuste su rumbo.
Todo lo aquí esbozado es apenas un esquema que habrá que llenar de contenido, pero de eso nos ocuparemos después.
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