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Feminicidio, familias y confusiones
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Samael Hernández Ruiz
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* 2019-03-31 Washington D.C.
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* 2019-03-18 Dallas, Texas
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La prensa en México está llena de información sobre hechos de sangre y desgracias, a diario nos encontramos encabezados que describen una inusitada violencia contra las mujeres: robos, secuestros, violencia intrafamiliar, violaciones, asesinatos atroces y muchas aberraciones más. Todo lo anterior combinado con una economía precaria que afecta a la mayoría ¿Qué está sucediendo?

Muchos padres de familia se preguntan cómo pueden mejorar la seguridad de sus hijos, y al respecto hay múltiples ofertas para ellos, desde las que recomiendan un autoritarismo sin más, hasta las que plantean razonar con los chicos y adiestrarlos en una especie de “capacidades de observación” y “reacciones de autodefensa”.

Todo eso está muy bien, de hecho una amiga psicóloga ofrece su tiempo para adiestrar a nuestros hijos en el segundo tipo de medidas. ¿Será una opción eficaz? No estoy seguro; pero de lo que sí lo estoy, es que nada sobra en este México nuestro hoy tan convulso y tan confuso. Tomaré este último término para exponerle al lector mis ideas al respecto, porque las agresiones particularmente contra las mujeres no pueden comprenderse si no observamos lo que está cambiando en la sociedad.

Lo confuso de la situación.

En una reunión con profesoras de educación media superior, discutíamos acerca de un programa de capacitación para docentes y cuáles podrían ser los contenidos convenientes. Las propuestas iban desde temas de administración escolar hasta el “coeficiente de atracción” de los docentes, que es una suerte de técnica, debida a la señora Peta Heskel, que ofrece a las personas un entrenamiento para ser lo que antes solíamos denominar “atractivos”.

Debido a los frecuentes reportes de alumnos que llegan con aliento alcohólico y que también acosan a las alumnas, el tema de la conversación fue decantándose hacía la ética, pero lo que más llamó mi atención fue que los reportes también referían a maestras que llegaban a clases aún ebrias y otras que invitaban a los estudiantes a sus habitaciones.

Las profesoras que participaban en el panel propusieron la elaboración de un reglamento para los planteles escolares, yo estuve en cierta forma de acuerdo con esa idea, porque otros directivos de plantel habían sugerido lo mismo. Lo específico del planteamiento era digno de consideración, pues recomendaban que el reglamento debía de ser sobre todo para los maestros.

Les pregunté su opinión a las maestras del panel y me dijeron que, en efecto, eran los maestros y maestras quienes llegaban mal vestidos, sin afeitarse ni cortarse el cabello, alegando que les gustaba vestir cómodamente y andar a sus anchas. Por su parte, los estudiantes hacían algo similar.

Había revisado algunos viejos reglamentos escolares y sabia que esos reglamentos había sido pensados más para los alumnos que para los maestros. En décadas anteriores los maestros eran la institución normativa, ejemplo de comportamiento y fuente de cualquier reglamento. Ahora en algunos planteles de educación media superior todo parece trastocado.

¿Cómo regular la conducta de una maestra lesbiana que enseñar a sus alumnos que el amor y el sexo es normal entre mujeres? ¿Que calificativo ético puede aceptar esa conducta? En las actuales condiciones que vivimos no es fácil afirmar si lo anterior es bueno o malo para los estudiantes, toda vez que la sociedad se ha vuelto más permisiva con las preferencias sexuales; pero además es evidente que el rol de hombres y mujeres está cambiando.

Hace apenas unas décadas los hombres sabíamos cuál era nuestro papel y cuál debía ser nuestra conducta en cualquier situación en la que nos encontráramos, lo mismo sucedía con las mujeres, pero de un tiempo acá esos roles tradicionales son calificados de machistas, autoritarios o “falocráticos” por las personas de pensamiento políticamente correcto, pero éticamente confuso; en conclusión, los roles tradicionales del hombre y la mujer han sido desechados.

¿Que nos queda ahora? Asumimos actitudes timoratas que no terminan de constituir un código de conducta claro. Yo, por ejemplo, no se si cederle el paso a una mujer para cruzar una puerta, temo que interprete mi gesto como un intento por mirarle la espalda baja. Algunas mujeres me han platicado que no se atreve a cocinar para sus maridos, a quienes aman, por temor a la crítica de sus pares feministas. En otras palabras, prevalece entre nosotros una confusión que a veces tiene consecuencias desagradables.

El cambio de roles.

No quiero que se me mal interprete, no estoy afirmando que lo que está pasando sea necesariamente malo; sino qué, simplemente está pasando y este solo hecho cambia el contexto en el que ocurren todos los eventos sociales. Una psicóloga me platicaba que en el metro de la Ciudad de México operan bandas de mujeres que en complicidad con policías extorsionan a ciudadanos pacíficos alegando acoso sexual.

La forma de operar de esas mujeres es ésta: el tipo distraído, espera el tren en medio de la multitud concentrada en el andén, una mujer se le acerca y se le pone enfrente apretándose contra el cuerpo del hombre, acto seguido la mujer comienza gritar señalando al tipo como su agresor. Los gritos de la mujer atraen la atención de las personas que, acostumbradas a que las mujeres son víctimas frecuentes de ese tipo de abusos, se unen al reclamo de la mujer supuestamente agredida, en eso aparece un policía que detiene al tipo y aparenta llevárselo a la comisaría, no obstante las cosas no suceden así. El policía y la mujer llevan a la víctima a un lugar discreto y le dicen que se puede librar de la cárcel si reparar los “daños” a la señora. Hay un arreglo económico y todo queda resuelto.

Los cambios que está sufriendo el rol de la mujer en la sociedad moderna, obligan a pensar en ella no sólo como víctima si no, en ocasiones, como victimaria. Este cambio en el papel de la mujer se extiende a otros ámbitos y tiene efectos múltiples, uno de ellos, por ejemplo, es el abandono de la forma tradicional de la familia.

En China, donde la población llega a los 1,300 millones de habitantes la familia promedio ha bajado de 3.9 a 3.4 miembros. Esta reducción del número de miembros de las familias se logró con la política de un solo hijo. Se evitaron muchos problemas: niños abandonados, niños asesinados, sobre todo niñas; pero la política de un solo hijo a traído otros problemas, como el síndrome del hijo único, que derivó en una generación de niños y jóvenes muy problemáticos.

En Japón el trabajo duro y prolongado hace que las japonesas no quieran casarse, como consecuencia hay pocos nacimientos. El 40% de las japonesas de 30 años no se ha casado, a pesar de que las empresas incentivan a las mujeres para que se casen y tengan hijos mediante un bono de 6000 libras esterlinas.

En los Estados Unidos de Norteamérica sólo el 7% de las familias mantienen el modelo de familia tradicional, es decir, madre, padre e hijos. En este país se presenta el fenómeno de la venta de bebés, el alquiler de vientres y otros comercios extraños.

En Suecia la situación también está cambiando. El 20% de los suecos vive solo, el 25% viven en pareja pero sin casarse, de allí que un tercio de niños nazca fuera del matrimonio.

En México las cosas tampoco están estáticas la tasa de divorcio va a la alza igual que el número de familias monoparentales.

De los 28 millones de familias que hay en México, el 50 por ciento ya no son nucleares (tradicionales), es decir, conformadas por un padre, una madre y los hijos, señaló en una entrevista la investigadora de la Escuela Nacional de Trabajo Social (ENTS), Andrea Sánchez Zepeda.

La especialista añadió que cerca de 14 millones de familias son monoparentales (de un padre y los hijos); compuestas (formadas por parejas con hijos producto de otras relaciones); ampliadas (una familia nuclear y abuelos, tíos, etc.) o correlacionales (sin ninguna línea de parentesco).

Entre las monoparentales, se estima que un gran número son homoparentales –parejas del mismo sexo-, pero que no se reconocen por cuestiones sociales y culturales.

¿Hacia dónde?

Si partimos de que la familia es el núcleo esencial y primario de la socialización, tendríamos que aceptar que su resignificación o reestructuración, traerá consecuencias inesperadas. La posibilidad de que una familia gay adopte hijos con seguridad tendrá consecuencias imprevistas; es similar caso de las familias heterosexuales donde, por ejemplo, los padres de mutuo acuerdo, mantienen relaciones extramaritales y continúan viviendo en familia con sus hijos. ¿Desde qué perspectiva ética debemos comprender todo lo anterior?

En un estudio realizado en 2015 por el Fonode las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) se concluye que México es un país violento con sus niños, pues en el 69% de los hogares del país (más los ricos que los pobres), los maltrata como una forma de “educarlos”. La Encuesta Nacional de la Infancia en México, muestra que en 53% de los hogares se ejerce agresión sicológica; en 44% agresión sicológica y física y en 6% castigos severos.

En promedio, sólo en el 31% de los hogares la educación de los niños de entre uno y 14 años se realiza sin ejercer ningún tipo de violencia y ahí destaca la clase media, pues tiene el mayor rango, dado que en el 34.3% de sus hogares no maltratan a sus menores de edad.

Una cosa es cierta, la relación entre hombres y mujeres está cambiando y no se definen aún roles estables para cada uno, esto provoca un tipo de relación cotidiana hombre-mujer, que deriva fácilmente en conflicto. No sabemos hasta qué grado el tipo de relación que actualmente mantienen hombres y mujeres y la transformación que sufren las familias se asocian con la violencia feminicida, tampoco sabemos cómo y en qué medida, las propias mujeres se convierten en cómplices para dañar a sus congéneres.

En resumen, derivar recomendaciones para incrementar la seguridad de nuestros hijos, pasa por la reflexión del contexto en el que emergen los peligros; y por lo visto hasta ahora, ese contexto está cambiando y se percibe sumamente confuso. Una decisión que permita poner en práctica medidas de seguridad para los niños, las niñas y los jóvenes en general debería llevarnos a considerar antes, el vertiginoso cambio en la familia y de los roles femenino y masculino, en una sociedad como la mexicana, que parece vivir una situación similar a un estado de guerra.
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