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Oaxaca, Oax.- A 100 años de la muerte de Porfirio Díaz, héroe de La Batalla de Miahuatlán y consolidador del Estado mexicano, el pasado 2 de julio, es preciso reflexionar sobre la necesaria reivindicación de una de las figuras decisivas de la historia nacional, con sus invaluables activos y sus innegables aspectos controvertidos. En cualquier caso, hace falta una revisión profunda de la versión oficial, hecha libro de texto, de una de las etapas que marcaron el tránsito de la sociedad fluctuante a la sociedad contrastante pero identificada y estable que es hoy México.
Hablo de Porfirio Díaz, quien retoma la herencia de Juárez, su maestro, su amigo y su jefe, y el presidente que inicia el culto oficial al propio Benemérito, con obras emblemáticas como el Hemiciclo Juárez, la Avenida Juárez, el mausoleo de San Fernando, etc. Los activos están a la vista pero han sido ignorados. En el ámbito político, con el prolongado gobierno del oaxaqueño Porfirio Díaz se cerró un ciclo interminable de enconadas guerras civiles, enfrentamientos fratricidas, gobiernos endebles, exceptuando la república restaurada de Don Benito Juárez líder de la generación de la reforma, asonadas militares, guerras religiosas, invasiones extranjeras, continentales y de ultramar, desmembramientos territoriales, caos y desorden público. En el aspecto económico, por primera vez México pudo comunicarse, físicamente, de norte a sur y de oriente a poniente con la construcción de casi 20 mil kilómetros de vías férreas, una infraestructura monumental, después de que, como apunta el biógrafo más ilustrado del personaje, el inglés Paul Garner, “el único signo visible de modernización de las comunicaciones antes de 1876 eran las 5 600 millas de cable telegráfico que se habían instalado.” Además, algo poco difundido hasta ahora, es que el Estado mexicano y no los inversionistas extranjeros, se constituyó en el accionista mayoritario de la extensa red ferroviaria nacional, gracias a la creación de Ferrocarriles del Istmo en 1907 y, por esas fechas de inicios de siglo, la nacionalización de todos los ferrocarriles de México. En el orden estrictamente financiero, gracias al gobierno fiscalmente responsable del presidente Porfirio Díaz en 1896 por primera vez en la historia nacional México tuvo un presupuesto equilibrado, y el primer superávit de su cuenta corriente desde que nuestro país lograra su condición de nación independiente en 1821; además de que el peso del servicio de la deuda externa se redujo de un abultado 38 por ciento del ingreso del gobierno en 1895 a menos del 5 por ciento en 1910. Para comenzar desde el principio, Porfirio Díaz nació y creció en un país que era todavía, en su esencia y su extensión, por sus prácticas y sus costumbres, la Nueva España, aunque desde hacía un puñado de años tenía ya el nombre de México. Como afirma el historiador Carlos Tello Díaz, tataranieto de don Porfirio, coordinador del ciclo de conferencias “Oaxaca en el debate nacional”, que venimos apoyando desde hace casi tres años, el país incluía los territorios de Texas, Nuevo México y la Alta California, y estaba dominado por las instituciones que más peso tuvieron durante la Colonia: la Iglesia y el Ejército. En ese mundo devoto y rígido, dominado por las oraciones, constreñido por el grito de Religión y Fueros, nació y creció quien fuera más tarde el General Porfirio Díaz, artífice de la Batalla de Puebla, al mando del General Ignacio Zaragoza. Su empuje y patriotismo fueron claves para vencer al ejército francés, de los mejor equipados y poderosos de su tiempo. Porfirio fue parte de la generación de 1857, la que desafió en su país el legado de la Colonia durante la Reforma, la que derrotó y desmanteló aquel legado para construir en su lugar los cimientos de un México más justo y más libre, a partir de las ideas que defendían los liberales del siglo XIX. Aquella generación estaba dirigida por un grupo de oaxaqueños de talento, liderados por Benito Juárez, que consolidaron su triunfo contra la reacción tras la guerra que los enfrentó con el Imperio de Maximiliano. Al ser restaurada la República, el general Díaz fue uno de los caudillos que disputaron, con las armas en la mano, la herencia de don Benito. Hubo muchos contendientes emanados del mismo origen, pero él tenía una ventaja sobre los demás: había aprendido a gobernar –eso todos lo reconocían– en los años de la guerra. Llegó tras un pronunciamiento a la Presidencia de la República, que tuvo que dejar para ser coherente con sus banderas, las cuales postulaban la no reelección, pero a la que volvió después, no obstante esas banderas, para comenzar un gobierno prolongado y firme que contó, por un tiempo muy largo, con el beneplácito de México. Su administración coincidió con una época de orden y progreso que benefició a la mayoría de los países de Occidente. También a México. Pero la estabilidad y el bienestar –que fueron al principio una novedad, una bendición en un país acostumbrado a los horrores de la guerra– tuvieron un precio: la permanencia en el poder de un régimen que no tuvo la capacidad de adaptar sus estructuras a los cambios, que reprimió las libertades de los mexicanos, algo que padecieron todos de formas muy distintas, en particular aquellos, muchos, que no sentían sus intereses representados en el gobierno. Las tensiones estallaron con una insurrección. Don Porfirio, derrocado, partió de su país hacia el exilio, donde fue cimbrado por el terremoto de 1914, que precedió por unos meses a su propia muerte. Fue así, en toda su extensión, un hombre del siglo XIX. Vivió con intensidad aquel siglo, el cual transcurrió en parte bajo su sombra, un siglo que comenzó con la Independencia y terminó con la Revolución –más o menos el periodo que abarcó su vida, una de las más longevas en la historia de México. Debe ser juzgado en relación con los valores de su siglo. Es absurdo, por anacrónico, querer juzgarlo de acuerdo a los valores que rigen nuestro tiempo. Es un legado que, en todo caso, falta aquilatar en su real dimensión y con sus innegables claroscuros, pero ya sin los lentes de una historia maniquea que impide apreciar con nitidez la larga marcha de México en busca de la estabilidad política, la paz pública, la modernidad incluyente y la justicia distributiva que merecen sus habitantes. No puedo concluir esta reflexión semanal sin condenar la artera agresión física y verbal al maestro Francisco Toledo, defensor del patrimonio cultural y la belleza natural del estado de Oaxaca, no ahora sino desde hace décadas, durante gobiernos de distintos signos ideológicos. En un tiempo que llama a la tolerancia y la defensa de los derechos humanos, la agresión es más reprobable. Nada justifica, y mucho menos legitima, lastimar y denostar a quien ha hecho de la defensa atemporal de los valores tangibles e intangibles de los oaxaqueños la causa superior de su vida, como artista plástico singular y como maestro de la cultura universal. |
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